El caso de José Francisco García Rodríguez ha sacudido a la comunidad latina de Lafayette, Luisiana, como un trueno en plena madrugada. Este cubano de 73 años, que lleva más de cuatro décadas sudando la gota gorda en Estados Unidos, fue detenido el lunes pasado por agentes de ICE cuando iba rumbo a su trabajo, como cualquier otro día. Desde entonces, está encerrado en el centro de detención de Pine Prairie, un rincón olvidado del sur de Luisiana, mientras su familia y vecinos claman por su liberación.
El hombre llegó a EE.UU. en 1980 con el éxodo del Mariel, con lo puesto y un corazón lleno de sueños. Durante años trabajó como un buey, crió a su familia con honradez y jamás le pidió favores al sistema. Pero ahora, después de tanto tiempo echando raíces en suelo americano, su vida dio un giro inesperado por un historial legal del pasado que ya había enfrentado y dejado atrás. La gota que colmó el vaso: nunca logró legalizar su estatus migratorio, a pesar de haberlo intentado por años con la ayuda de abogados que le aseguraban que todo estaba bajo control.
Su hijastra, Christian Cooper Riggs, ha sido la voz de esta lucha. Con un video que ha corrido como pólvora por las redes, compartió cómo su padrastro llegó sin inglés, sin un centavo y con el alma rota por el exilio. Aun así, nunca se rindió. «Él cometió errores, sí, pero ya pagó por eso», dice con firmeza. Lo describe como un hombre que se levantaba todos los días a trabajar entre 40 y 60 horas semanales, que jamás se benefició del Seguro Social y que ahora, en su vejez, cuida a su esposa enferma de demencia mientras lidia con problemas del corazón. ¿De verdad este es el tipo de persona que merece ser encerrada?
La detención de José Francisco ha encendido las alarmas en Lafayette, donde no han faltado reportes de redadas en zonas frecuentadas por latinos. Todo esto ha generado una oleada de preocupación entre familias inmigrantes que, como él, llevan años viviendo en paz. Muchos ven este tipo de acciones como parte de una política migratoria rígida y desproporcionada, con raíces en los tiempos del expresidente Trump, cuando se intensificó la persecución a personas con historiales penales antiguos, sin importar si llevaban décadas construyendo una vida en el país.
Christian lo soltó clarito: “Esto no se arregla con violencia ni con esposas, sino con papeleo, humanidad y sentido común”. Por eso está llamando a la gente a alzar la voz, a compartir su historia, a contactar a representantes locales, a mover el asunto en redes sociales con hashtags que exijan justicia. “No estamos pidiendo favores —dice—, estamos pidiendo que se respete lo que él ha dado a este país”.
Mientras tanto, José Francisco espera entre cuatro paredes frías, sin saber qué pasará con su futuro. Su historia es el espejo de miles de inmigrantes que vinieron buscando libertad y terminaron atrapados en un laberinto legal sin salida. A pesar de todo, su espíritu no se quiebra. Porque si algo ha aprendido este viejo marielito, es que la vida puede golpearte, pero nunca debes dejar de pelear.