Sandro Castro volvió a hacer de las suyas en redes sociales, como si viviera en otro planeta. Con motivo del 64 aniversario de la Organización de Pioneros José Martí y el 63 de la Unión de Jóvenes Comunistas, el nieto del mismísimo Fidel decidió “celebrar” a su estilo: con un video tan disparatado como insultante para los cubanos de a pie.
En vez de compartir un mensaje serio o empático, Sandrito, como muchos le dicen, mezcló su personaje de vampiro con uno de pirata sobre una embarcación que, irónicamente, se parecía a las balsas que usan miles de cubanos desesperados por escapar del país. ¿Y qué no podía faltar? Su inseparable combo de ron y Cerveza Cristal, o como él mismo le dice en su «idioma», “Kristash”.
Mientras el país sufre la peor crisis económica en más de seis décadas, con falta de comida, medicinas y un éxodo que no para, este “hijito de papá” lanza al aire un video con aires de telenovela de mal gusto. Sin pena ni gloria, se le ocurrió soltar un “Feliz día estudiante. Los jóvenes unidos y preparados vencemos las dificultades” mientras se paseaba por el mar con más alcohol que sentido común.
Y ahí está la contradicción brutal: una juventud cubana que sobrevive entre apagones, represión, pobreza y desesperanza, viendo cómo alguien que ha vivido con todos los privilegios se burla de su realidad desde una balsa de fantasía. No es solo una falta de respeto, es una bofetada con una sonrisa burlona.
Sandro, con su pose de “joven revolucionario” y su vida de lujos y fiestas en La Habana, representa una versión grotesca del famoso “hombre nuevo” que su abuelo quiso moldear. Pero este espécimen, en vez de trabajar por el futuro del país, anda normalizando la decadencia con videos de Instagram y frases huecas disfrazadas de patriotismo.
Mientras el régimen reprime, censura y mete miedo a quienes se atreven a pensar diferente, Sandrito se pasea por las redes sociales como si nada, sin consecuencias, protegido por el mismo sistema que mantiene al pueblo en la miseria.
Pero ojo, que en Cuba todo puede cambiar de un día para otro. Hoy es el “niño mimado del poder”, mañana, si conviene, podrían tirarlo por la borda para salvar a los verdaderos tiburones del régimen. Porque cuando el show deja de servir, se apagan las luces sin previo aviso.
Por ahora, Sandro Castro sigue creyéndose invencible, con más filtros que vergüenza y más ron que empatía. Pero la paciencia del pueblo tiene un límite, y cada burla como esta no hace más que apretar el nudo en la garganta de un país que, aunque aguanta, ya no calla.