El gobierno cubano acaba de revivir, con bombos y platillos, una reliquia del adoctrinamiento al estilo soviético: el Palacio Central de Pioneros “Ernesto Che Guevara”. Esta joyita del castrismo, enclavada en el Parque Lenin, en Arroyo Naranjo, vuelve a la vida como si el tiempo no hubiera pasado. Y no es para menos: este sitio fue, durante décadas, el cuartel general del pensamiento único, donde generaciones de niños repitieron como loros que querían ser “como el Che”, entre talleres, juegos supervisados y exploraciones con aroma militar.
La reapertura no fue cualquier cosita. Coincidió con el 64 aniversario de la Organización de Pioneros José Martí (OPJM) y, como era de esperarse, la propaganda oficial lo vendió como “una fiesta de emociones”. La cuenta de la Presidencia de Cuba tiró flores por doquier, con imágenes viejas de Fidel rodeado de niños, banderitas, canciones patrióticas y mucho entusiasmo ensayado.
Miguel Díaz-Canel se dejó ver recorriendo el lugar, acompañado por la ministra de Educación, Naima Trujillo, quien le fue contando los detalles del nuevo “Programa de Atención Integral” al Palacio. En otras palabras, una hoja de ruta para seguir sembrando ideología roja desde la infancia, como si eso fuera a detener la estampida juvenil o a llenar los platos vacíos en la mesa.
Incluso, el mandatario se prestó para participar en un programa interno del Palacio, donde un pionerito le lanzó una pregunta que olía a libreto: “¿Qué le ha parecido nuestra área vocacional?”. Con su clásica solemnidad, Díaz-Canel soltó que el futuro está en manos de los niños, y que ellos son los que tienen que enfrentar los retos por venir. Un discurso desconectado de una realidad cada vez más dura, en la que los jóvenes huyen del país a la primera oportunidad.
Detrás de todo ese show, el Ministerio de Industrias también se apuntó en la movida, anunciando que su espacio en el Palacio está “lista y embellecida”. Según ellos, el objetivo es fomentar la formación vocacional, pero lo que realmente se cocina ahí es adoctrinamiento con cara bonita. El plan es claro: meterles en la cabeza, desde pequeños, que el único camino es el del Partido Comunista.
La UJC tampoco perdió la oportunidad de hacer ruido, promocionando el regreso del centro como si fuera el regreso del Mesías. Pero los intereses que dicen defender no parecen venir de los niños, sino de las altas esferas del poder, que insisten en repetir fórmulas que hace rato dejaron de funcionar.
Días antes de la reinauguración, el Primer Secretario de la UJC en La Habana, Raúl Palmero, ya estaba posteando fotos del trabajo voluntario que se hacía en el lugar. La frase que usó lo dice todo: “Domingo de trabajo voluntario desde el Palacio Central de Pioneros. Esta hermosa instalación fundada por #Fidel, reabrirá sus puertas el próximo 4 de abril”. Todo estaba fríamente calculado.
Pero lo que las cámaras oficiales no muestran es el estado lamentable del resto del Parque Lenin, un espacio que se cae a pedazos, con estructuras oxidadas, caminos invadidos por la maleza y pabellones fantasmas que antes fueron símbolo del ocio socialista. En medio de esa desolación, el Palacio reabrió con maquillaje y luces, como si fuera un decorado de cartón piedra para una película que nadie quiere ver.
Ya en diciembre pasado, el régimen dejó clarito que una de sus prioridades para este 2025 sería reforzar el trabajo ideológico con niños, adolescentes y jóvenes. Y sí, el Palacio con el nombre del Che, cargado de simbolismo, es la joya de esa estrategia. No es casual, es parte del guion.
En vez de enfocarse en resolver los problemas reales del país —como la inflación, la emigración masiva o la falta de medicamentos—, el gobierno prefiere invertir tiempo y recursos en asegurar que las nuevas generaciones sigan el mismo libreto viejo. Bajo el disfraz de “formación vocacional”, lo que hay es una operación de propaganda pura y dura.
En resumen, el regreso del Palacio de Pioneros no es nostalgia revolucionaria, es propaganda pura. Una maniobra del régimen para proteger su narrativa, mientras el país se desmorona. En lugar de renovar la educación con ideas frescas, siguen aferrados a un modelo que cada vez convence a menos gente. Porque si algo ha demostrado el tiempo, es que ni la pintura nueva ni las palabras bonitas logran tapar el desencanto que crece en las calles de Cuba.