Durante el balance anual del Ministerio de Educación (MINED), celebrado en La Habana, Miguel Díaz-Canel volvió a soltar una de esas frases rimbombantes que parecen sacadas de un manual de discurso vacío. Frente a una educación que se cae a pedazos, el mandatario habló de la necesidad de dar a los maestros una mayor «atención espiritual, sentimental y material». Y ahí es donde muchos cubanos se preguntaron: ¿será que con «espiritualidad» se llena la mesa o se arreglan las escuelas?
Mientras miles de docentes cuelgan la bata y buscan otros caminos debido a los bajos salarios, las condiciones de trabajo deplorables y la falta de materiales básicos, el discurso oficial insiste en un enfoque etéreo, casi místico, que no resuelve nada. Los maestros no necesitan «espiritualidad»; necesitan sueldos dignos, recursos para enseñar y un entorno laboral decente. Pero el gobierno, fiel a su costumbre de adornarlo todo con frases altisonantes, prefiere esquivar la realidad con palabrería.
La crisis educativa en Cuba no es cuento ni exageración. Se ve en cada aula donde un mismo profesor tiene que dar clase a varios grados a la vez, en la falta de libros y materiales, en el desánimo de quienes alguna vez sintieron pasión por enseñar. El éxodo de maestros ha dejado un hueco imposible de llenar, y la respuesta del gobierno ha sido, una vez más, inflar cifras y maquillar la realidad con «logros» que nadie ve en la calle.
Por décadas, el Estado cubano ha priorizado sectores como el turismo mientras la educación y la salud se han ido deteriorando hasta niveles alarmantes. En lugar de enfrentar el problema con soluciones reales, el gobierno recurre a la «espiritualidad» como si fuera un remedio mágico. El problema es que la fe no paga la electricidad, ni compra comida, ni llena los estantes de una escuela vacía.
Este discurso de lo «espiritual» no es nuevo. Desde que asumió el poder en 2018, Díaz-Canel lo ha convertido en un comodín para justificar el desgaste del sistema. Ha hablado de «fuerzas espirituales» para salvar la revolución, de «trabajar la espiritualidad de la gente» para mantener la unidad social, e incluso de la «prosperidad y riqueza espiritual» como si eso pudiera sustituir el bienestar material que tantos cubanos han perdido.
Pero la «espiritualidad» pierde sentido cuando viene de un gobierno que persigue a periodistas, censura a artistas y reprime el pensamiento crítico en las universidades. Hablar de bienestar espiritual mientras se cierran espacios culturales y se encarcela a quienes piensan diferente es, cuando menos, una contradicción escandalosa.
Díaz-Canel y su cúpula intentan disfrazar el autoritarismo con un barniz sentimentalista, queriendo dar la impresión de que su preocupación va más allá de lo político. Pero la realidad es que, mientras los cubanos enfrentan una crisis sin precedentes, el gobierno sigue aferrado a la retórica en lugar de actuar con medidas concretas que alivien la situación.
Si de verdad se quisiera mejorar la educación en Cuba, la solución no pasa por discursos vacíos, sino por reformas profundas que garanticen sueldos justos, infraestructura adecuada y libertad académica. Mientras eso no ocurra, las palabras seguirán flotando en el aire como humo, sin cambiar en nada la dura realidad de los maestros y estudiantes cubanos.