La II Feria Internacional del Transporte y la Logística en La Habana se inauguró con un discurso optimista del primer ministro Manuel Marrero Cruz, quien la presentó como prueba de que el gobierno cubano sigue en pie a pesar de las dificultades. “Demuestra que estamos vivos”, declaró al Noticiero Nacional de Televisión (NTV), en un intento de reforzar la narrativa oficial de que hay intenciones de mejorar el transporte en la isla, a pesar de que la crisis que lo afecta tiene raíces en una gestión deficiente.
Marrero defendió la utilidad de estos encuentros frente a las críticas que los califican como simples espectáculos propagandísticos sin impacto real. Según él, estas ferias no solo buscan sostener el sistema, sino también encontrar formas de desarrollarlo. Como ejemplo, mencionó los proyectos de triciclos eléctricos y ambulancias, que según el gobierno han comenzado a operar en varias provincias. “Hoy, donde antes era un problema llegar al hospital, estos medios ofrecen una solución asequible”, afirmó.
Sobre las ambulancias, destacó un acuerdo con Mercedes Benz, que garantiza asistencia técnica y sostenibilidad para estos vehículos. Este contrato, firmado con la empresa mixta MCV Comercial S.A., ha sido objeto de debate debido a la falta de transparencia sobre sus términos y beneficios reales para la población.
A pesar de estos anuncios, la situación del transporte en Cuba sigue siendo crítica. Informes recientes indican que el transporte público apenas cubre el 18% de la demanda nacional, mientras que más del 80% del parque vehicular se encuentra en condiciones precarias o fuera de servicio. En La Habana, los apagones y la escasez de combustible han hecho que muchos dependan de bicitaxis, camiones privados y triciclos eléctricos, en un intento desesperado por sortear la crisis de movilidad.
El colapso del transporte en Cuba no es algo nuevo ni un simple resultado del contexto económico actual. Es una consecuencia de años de políticas fallidas, falta de inversión y centralización excesiva. Antes de 1959, la isla contaba con uno de los sistemas de transporte más eficientes de la región, con trenes, tranvías y una red de autobuses moderna. Sin embargo, tras la revolución, la estatización del sector marcó el inicio de su deterioro progresivo.
La falta de mantenimiento, la incapacidad para producir piezas de repuesto y la eliminación de servicios ferroviarios y urbanos eficientes han llevado a los cubanos a depender de soluciones improvisadas. El modelo estatal ha privilegiado acuerdos con aliados políticos —primero la URSS, luego Venezuela y China— sin lograr crear una infraestructura sólida y sostenible.
Actualmente, el transporte público opera con dificultades extremas: los autobuses estatales circulan con retrasos interminables, los trenes están al borde de la desaparición y el transporte marítimo es casi inexistente. En respuesta, el sector privado intenta llenar los vacíos con camiones adaptados, almendrones envejecidos y alternativas informales, muchas veces sin regulaciones claras ni garantías para los pasajeros.
El problema del combustible, admitido incluso por el gobierno, ha agravado aún más la crisis. En los últimos meses, provincias como Villa Clara, Santiago y Camagüey han tenido que suspender rutas de ómnibus, dejando a miles de personas sin opciones de transporte. Mientras tanto, las paradas siguen abarrotadas, los tiempos de espera superan las dos horas y los servicios de emergencia funcionan con grandes limitaciones.
El discurso esperanzador de Marrero choca de frente con la realidad cotidiana del cubano de a pie. Y aunque las ferias sigan exhibiendo proyectos futuristas, la pregunta sigue en el aire: ¿cómo se resolverá la crisis del transporte en Cuba si las causas estructurales siguen sin atenderse? Por ahora, la mayoría sigue esperando una solución real, mientras lidia con una odisea diaria para llegar a su destino.