La Habana amaneció con malas noticias este viernes cuando un ómnibus de la ruta P7 fue atacado a pedradas en el municipio Cotorro. El incidente, ocurrido en la madrugada, dejó un cristal destrozado y más preguntas que respuestas sobre el creciente clima de violencia contra el transporte público.
El reloj marcaba las 4:25 am cuando el conductor del vehículo 725 escuchó el impacto seco contra la ventanilla lateral. Sin alternativas, tuvo que interrumpir su recorrido y acudir rápidamente a la estación policial más cercana para formalizar la denuncia. Las autoridades, en coordinación con la Empresa Provincial de Transporte, ya investigan el caso, aunque como suele ocurrir, los detalles sobre los responsables brillan por su ausencia.
Un problema que se repite
Este no es un hecho aislado. Solo la semana pasada, una unidad de la ruta P11 sufrió daños similares durante la madrugada. Días antes, fue una guagua de la ruta 23 la que recibió el impacto de piedras cerca del parque de Fábrica. Aquella vez, gracias a la rápida acción de vecinos y agentes del orden, se logró detener a varios sospechosos.
Las redes oficiales del transporte califican estos hechos como «tristes incidentes», pero la realidad es mucho más compleja. Cada ataque no solo significa un vehículo menos en circulación, sino que profundiza el clima de inseguridad que ya vive la capital.
Entre el reclamo y la desesperación
Mientras las autoridades hacen llamados a la «conciencia ciudadana», muchos habaneros ven estos actos como el grito ahogado de una población cansada. El transporte público en La Habana es hoy sinónimo de esperas interminables, hacinamiento y vehículos en pésimo estado.
«No se justifica la violencia, pero tampoco sorprende», comentó un usuario en redes sociales, reflejando el sentir popular. La frustración social crece al mismo ritmo que la falta de soluciones concretas a una crisis que lleva años agravándose.
¿Hacia dónde vamos?
Cada nuevo ataque reduce aún más el ya escaso parque vehicular, generando un círculo vicioso difícil de romper. Los pasajeros no solo deben lidiar con la falta crónica de transporte, sino ahora también con el miedo a ser víctimas de estos actos vandálicos.
Las promesas de mayor vigilancia chocan contra una realidad tozuda: mientras no mejoren las condiciones de vida y el transporte siga siendo una pesadilla diaria, estos episodios podrían repetirse.