En medio de una crisis económica severa que asfixia a la población cubana, el régimen decidió organizar una fastuosa fiesta en el Capitolio de La Habana para celebrar el XXV Festival del Habano. Este evento, que contrasta brutalmente con la realidad de millones de cubanos que luchan diariamente por conseguir alimentos y sobrevivir a los apagones, ha generado una ola de críticas y preguntas incómodas sobre las prioridades del gobierno.
Una fiesta de élite en tiempos de escasez
La exclusiva «Noche Intermedia» reunió a 600 invitados selectos en el Salón de los Pasos Perdidos, un espacio lleno de historia y simbolismo que fue convertido en un escenario de lujo. Los asistentes disfrutaron de una cena gourmet, actuaciones de artistas y la presentación mundial de la vitola H. Upmann Magnum 50 Gran Reserva Cosecha 2019. Entre los invitados destacó la presencia del abogado Manuel Anido, novio de la actriz Ana de Armas e hijastro del presidente Miguel Díaz-Canel.
Mientras tanto, fuera de esas paredes, millones de cubanos enfrentan escasez de alimentos, apagones prolongados y un sistema de salud colapsado. La pregunta que muchos se hacen es: ¿Cómo justificar este derroche en un país donde la pobreza extrema crece a pasos acelerados?
Opiniones que reflejan el descontento
El contraste entre el lujo de la fiesta y la penuria del pueblo no pasó desapercibido en las redes sociales. Fabio Fernández, un reconocido comentarista, expresó su indignación: «El boato de una élite privilegiada choca con la penuria de muchos. No se trata de defender un fundamentalismo igualitarista, sino de sostener el concepto de que la igualdad, la justicia social y la decencia son valores a los que no se debe renunciar».
Fernández también planteó preguntas incómodas: «¿Cómo pueden leer estas noticias aquellos que pasan horas en apagón, los que buscan con desespero arroz para llevar a la mesa, los que padecen un transporte público que no existe? ¿En qué país vivimos? ¿Qué estamos construyendo?».
Por su parte, Abelardo Mena, curador de arte cubano, cuestionó el uso de los símbolos nacionales para este tipo de eventos: «Cena del Habano… en el Capitolio… ¿los símbolos ya no importan?».
Una falta de respeto a la historia y al pueblo
Iramis Rosique, otra voz crítica, no se quedó callada: «Me van a disculpar, pero convertir la sede de la Asamblea Nacional del Poder Popular en un cabaret es una falta de solemnidad y de tino extraordinario, por decir lo más chiquito». Rosique añadió: «Me revolvió el estómago ver el Salón de los Pasos Perdidos convertido en un comedor, pero realmente esta imagen de la República es la que más me ha molestado. Qué manera de no entender nada».
El Capitolio Nacional, un edificio que antes de 1959 fue el centro de la política cubana y que el régimen revolucionario rechazó durante décadas por considerarlo un símbolo del pasado, ahora es el escenario de fiestas exclusivas para una minoría privilegiada. Esto no solo refleja una falta de coherencia histórica, sino también un desprecio hacia las necesidades del pueblo.
Habanos S.A.: Récord de ventas en medio de la miseria
Mientras el régimen celebraba con champán y puros de lujo, Habanos S.A., la empresa mixta que comercializa los famosos habanos, reportó un récord de ventas. Sin embargo, estos ingresos no se traducen en mejoras para la población. Al contrario, el tabaco cubano, presentado como una joya exclusiva, es inalcanzable para la mayoría de los cubanos, quienes deben pagar precios exorbitantes por productos básicos.
¿Bloqueo o mala administración?
El régimen culpa al bloqueo estadounidense de todos los males del país, pero eventos como este plantean serias dudas sobre la mala administración de los recursos. ¿Dónde acaba el bloqueo y empieza la incompetencia? Mientras el gobierno gasta en fiestas de lujo, el pueblo sufre las consecuencias de políticas económicas inefectivas y una gestión desastrosa.
Un futuro incierto
En un escenario de problemas acumulados, pobreza creciente y tensiones sociales, eventos como este solo profundizan la desconfianza y el descontento hacia el régimen. La pregunta que queda en el aire es: ¿Hasta cuándo el pueblo cubano seguirá tolerando esta desigualdad y falta de respeto?
Mientras tanto, la Estatua de la República, testigo silenciosa de esta fiesta, parece recordarnos que los valores de justicia y equidad han sido olvidados por quienes prometieron defenderlos.